Tres Flechas


La primera flecha
es aquella que da la ilusión
de poder multiplicarse infinitamente
y se clava en aquellas nubes de algodón
que forman parte del decorado de una obra teatral
en ensayo preliminar
que nunca saldrá al escenario.
Sin embargo, no es posible desclavarla,
ni tampoco borrarla con un control zeta.
Debe ser entonces reemplazada por la segunda flecha.

La segunda flecha
contempla la ausencia de sinónimos para ser nombrada
y contempla la finitud humana.
Tras ser lanzada
es acompañada en todo su trayecto
por su propio arquero
con narraciones acerca del frío,
de la Gran Montaña y del viento.
Atraviesa una selva entera con ímpetu de caballo,
prosigue en un desierto de interrogantes,
y finalmente se queda sin aliento para cerrar un paréntesis
antes de llegar al siguiente oasis
o al espejismo de aquél.
Se desploma sin clavarse en ningún lado,
tal como un hombre que acaba de donar sangre en un hospital,
y al volver en sí se encuentra con caras que lo rodean,
se toca la cabeza y pregunta: «¿dónde ha quedado mi sombrero?».
El tronco gigante de los árboles más añosos
relata en sus marcas la historia de aquellas flechas más certeras.
Señala que antes de lanzar la tercera flecha
es necesario haber aprendido al menos tres cosas:
Que permanecer tensando el arco
hasta lograr coincidir a dos perdices bajo la misma línea
es un ensayo inútil para la mayoría de los mortales,
y agotaría la paciencia de cualquier Buda.
Que los acordes de una música se hacen más fáciles de distinguir
cuando se descomponen en arpegios;
y que la depuración del estómago vacío durante la noche
se multiplica al postergar el desayuno.
La tercera flecha quizá sólo logre
dibujarle los rulos a un viento pasajero,
y sin embargo el blanco no la recibirá como un dedo en la llaga,
sino como la apertura de un manantial fresco
que calma la sed de cualquier viajero,
y moja todo a su alrededor.


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