Al principio sólo pude ofrecerte
mi sombrero de ala ancha,
o mi angosta cornisa
para que ensayaras tu danza prodigiosa.
Era una cornisa de cemento gris
que dejaba hollín en las plantas de tus pies.
Nuestro forcejeo allí
tomaba la pauta cordial
de mirar juntos
el filo del precipicio
cada vez que el equilibrio
peligraba.
No tuve la necesidad
de empujarte al vacío,
no hubo viento,
convivimos con el precipicio.
Te dejé abierta mi ventana
para que entraras
cuando quisieras
a tomar un té o una sopa.
Cada tanto volvías a salir
a ensayar tus mágicas piruetas
mientras yo te miraba
desde adentro en la ventana.
Tus alas crecieron un poco,
o primero se expandió mi cornisa
hasta ser una terraza,
no sé cuál de las dos
ocurrió primero.
Fue cuando entendiste
que la cornisa resultaba
tu trampolín de lanzamiento
o tu plataforma de aterrizaje.
Y la terraza se convirtió en un jardín.
Mis flores estiraban sus cuellos
para verte danzar,
mis flores querían ser tocadas
por la hilacha perdida
de tu vestido blanco,
o por el viento
que dejabas al pasar.
Mis flores sólo quisieron
arrancarse de la tierra
para bailar con vos.

.......................................................................................