Te cortás el pelo
y movés los muebles de lugar
para habilitar más espacio.
Te parás descalzo
sobre el pasto que crece espontáneo en una maceta de tu balcón.
Cuando salís de tu edificio,
alzás la mirada para tragarte un poco de cielo con los ojos.
Subís el volumen de los auriculares
para amortiguar el tránsito que te circunda.
Sorbés las estrellas de cierta fuente pública de agua
mientras se mantienen efervescentes.
Aun así, flores de dientes de león
logran crecer entre las grietas del pavimento.
La agitación de tu pecho denuncia todo aquello,
es aquella que impide resignarte
a que cualquier pantomima ensayada
deba ser forzosamente,
una danza
de la caída
perpetua.