Mientras todos miraban el centro de la mesa,
llegó el momento de tirar mis propios dados de obsidiana.
Y yo, que los había sacado de un pantano,
sabía que tenían un costado pegajoso,
la misma adherencia que las faltas ortográficas
de una hoja de escuela
que no puedo dejar de evidenciar con rojo.
Primero pasó un aire de polen que me hizo estornudar,
luego solté los dados sobre la mesa como a dos cachorros indomables.
Una mujer del grupo abrió sus fosas nasales
para descubrir el olor del pantano,
y mediante su guiño desconfiado
recibí una flecha en el bajo vientre.
La herida aún me sangra,
pero ahora coagula un poco
gracias a sus costuras de oro.
Kintsugi es el arte maestro
de mostrarme quién soy
en realidad.



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