Esa mañana de domingo,
el llanto que había en mí
sería acompañado con el llanto del cielo.
El cielo y yo tocando la misma música
era un lugar de almohadones
en donde reposar con los párpados cerrados.
Una mosca se posó en mi hombro,
y yo recordé que existe un avión japonés
capaz de bombardear una llanura fértil
con quinientas semillas por segundo.
Elegí cobrar fuerza para interrumpir
mis habituales lamentos sólo por unos instantes
para salir a plantar un pequeño árbol
germinado a partir de una fruta
que había comido en el verano.
Hice un agujero con una pala,
quité al retoño de su maceta
y lo entregué a la tierra.
Un aguacero lo bendijo con su primer riego.
Se despejó el cielo,
volví a mi refugio
me lavé las manos, me sequé la cabeza con una toalla
pensé en anotar algo con tinta china en el cuaderno de Mis Lamentos
que llevo siempre conmigo
pero éste también se había mojado,
ahora todo era ilegible.
Consideré remendarlo,
y no obstante logré soltarlo en el cesto,
mientras un túnel cobarde de mi mente,
el mismo que acumula quinientos poemas sin terminar,
me decía que siempre que lo deseara podría escribir uno nuevo.
Una hendija de sol
se clavó en el piso de mi casa,
necesité entonces mirar hacia afuera
como una manera de pellizcarme
para corroborar la realidad:
afortunadamente el árbol
se encontraba
todavía ahí plantado.
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