La pregunta a la azafata
«¿qué hora es?»
pierde sentido
en un vuelo transpolar
por encima
de cualquier frontera.
La pregunta al compañero de viaje
«¿termina bien la película?»
pierde sentido
en un lugar
donde el bien y el mal
se complementan.
La azafata
ha envejecido veinte años
al momento del aterrizaje,
se retoca el maquillaje y nos despide
con una sonrisa entera.