Así como el blanco es la luz entera,
el abracadabra de la letra A
inaugura el abecedario.
La be son los labios soplando una botella
La ce cubre la casa de la ese y la cu y la ka,
corta las cosas con cuchillo
y las acomoda en cajones.
La ese silva el sonido del viento.
La efe se desinfla como un globo en el suelo.
La erre interrumpe con ruido de motor.
El sonido sudafricano del Xhosa es un chasquido
para retornar al presente.
Los árabes no acumulan catarro en sus gargantas
porque tienen tres tipos de jota.
La jota carraspea y escupe navajas
para rayar el capot del jefe.
El enojo también hace falta
para mejorar el mundo.
La E es un puente de alegría entre la gente.
La eme es la madre universal
y la misma fuente de todo alimento.
Mi nombre contiene más vocales que consonantes,
por eso me cuesta
mantener los pies sobre la tierra.
Tu nombre contiene letras que son ajenas
a mi pequeño universo.
Visitaré tu casa
y probaré colores nuevos como un turista,
y mi mente inevitablemente querrá asociar
con aquellas cosas que sí conozco:
el hummus tahina,
la gelatina de cereza
y la mousse de chocolate.
Y aunque yo piense
que estoy opinando sobre esos sabores,
en realidad estaré decidiendo
según la circunstancia
de qué tan acolchado sea tu sillón,
y qué tanto frío o calor
sentiré en tu hogar.
Será entonces de acuerdo a eso,
y no otra cosa
que obedeceré al impulso
de irme
o de quedarme.