La Mar


Yo no soy mi propia sangre,
mi sangre son mis peces.
Mis peces siempre saben dónde tienen que ir,
ellos no conocen las bifurcaciones.
A los niños suelo devolverles sus juguetes.
Los adultos me demuestran su insignificancia
al tirarme la basura que ellos tampoco
serían capaces de digerir.
A quienes se acercan semidesnudos,
suelo masajearlos con mis lugares más amables.
Los ríos me inyectan la dulzura
que a veces me falta para ser más compasiva
con aquellos que no saben lo que dicen
y terminan tragándose el agua
hasta que dejan de hablar definitivamente.
En ocasiones anhelo tener la calma beatífica
de aquellos barcos sepultados en mis entrañas,
pero lo mínimo que se agita en mí
es aquel pulso por seguir viviendo,
el mismo que se nota en las orillas.
Los castillos de arena
son los caramelos más dulces
para meterme entre sus huecos
a saborear mis mejores poemas.
Logro olfatear cuando
alguno de mis buceadores
trae historias
acerca del mundo
visto desde una cima.
Acariciar la playa
es la manera más tímida
que tengo para decir
que siempre he estado
enamorada de la Montaña.