Todo el mundo espera ansiosamente
el lanzamiento de mi departamento al espacio.
La gente me envía
cartas de aliento y recomendaciones,
muchas flores,
y comida para mi perro salchicha.
Las cartas dicen:
“Mauro, en el espacio no hagas esto,
no hagas aquello otro.”
“No te lleves la miel plateada de la luna
a la boca
porque según dicen,
no es comestible.”
O “por favor traeme un poco de arena plateada
en un frasquito
para la repisa de mi living.”
Un amigo que es artista
me dio una horma de queso parmesano
tallada con la forma del glaciar Perito Moreno,
porque dice
que quiere saber cuánto dura
un queso en el espacio
hasta que empieza a derrumbarse.
Yo sentí que no puedo negarme a llevárselo,
porque él es un amigo de la infancia.
Me pregunto si mi perro salchicha marrón
se acostumbrará a la falta de gravedad,
y a andar flotando siempre
con sus orejotas dadas vuelta.
Me pregunto si mi dolor de espalda menguará en el vacío,
si el edificio podrá recuperar el equilibrio original
una vez que mi departamento haya sido extirpado.
Si las gerberas naranjas de mi balcón
resistirán la falta de luz solar,
si el flash de mi cámara
será suficiente para la inmensidad del espacio.
Si cuando arribe
la luna estará llena para recorrerla entera
Si podré refugiarme del granizo lunar
usando mi frazada como carpa.
Si habrá Alplax disponible para cuando sea incendio
todo lo que ocurra
de la piel hacia dentro.
Si cuando sobrevenga el insomnio
traerá fulgor,
o al menos un poema
por debajo de la puerta de entrada.
Si tendré que ponerme lentes de sol
para soportar el brillo de la luna.
Si al abrir la puerta de mi balcón
para recibir a la luna entera
podré ver sobre su superficie:
poemas pinchados con alfileres,
frasquitos de vidrio con tapa plateada
que contienen lágrimas disecadas,
y una etiqueta con su fecha escrita.
Y si veré aquellos famosos cementerios de candados plateados
enlazados entre sí
acerca de amores humanos
que nunca prosperaron.
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