¿Son las doce?
¿Son las siete?
¿Son las cuatro?
¿No es lo mismo?
Mi cuerpo dice que es de noche,
mis ojos dicen que no.
Ayer me afeité la barba
después de haberla tenido
durante mucho tiempo.
Ayer despedí a una paciente
con una sonrisa satisfecha
y un papelito de souvenir
con el siguiente turno escrito,
ignorando que no volverá a mi consultorio.
Ayer despedí en el aeropuerto a un amigo
que se fue a vivir a Indonesia
con una mochila
y sus ojos encendidos.
Ayer pegué afiches
por las calles de Buenos Aires
que rezaban: “más contemplación
y menos bocinazos”.
Ayer completé el rompecabezas
de mil piezas
de ”El beso” de Klimt.
Ayer terminé de calibrar
mi telescopio
y miré la luna.
Ayer tapé con yeso blanco
las grietas de mi dormitorio.
Mis uñas están cepilladas,
mis manos están limpias,
y mi camisa,
arremangada.
¿Bajar las escaleras corriendo,
para traer la baranda hacia mí
como si fuera una manguera?
¿Regar mi jardín?
¿A esta hora?
¿Despertar a las plantas
con agua fría?
¿Qué otra cosa queda por hacer?
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