Paul, mientras me pasaba de vuelta el humo encendido, me dijo que hacía mucho tiempo que no fumaba. Me sentí halagado y le respondí orgulloso: “son flores jamaiquinas”. Luego, me paré del sillón como un resorte y puse la púa en la canción «A day in the life». Moderé semejante disrupción dirigiéndole una pregunta torpe acerca de su proceso de composición. Paul, desinteresado, empezó a ensayar una respuesta vaga, pero en seguida se dejó llevar por la canción como escuchándola por vez primera, igual que un niño que descubre la nieve cayendo y le abre su boca al cielo hasta recibir un copo para saborearla. Zozobraba la canción y afuera se largó a llover. Los dos miramos hacia la ventana. Recordé que era domingo. Aproveché esa intromisión de la lluvia para calzarle la pregunta: “¿ahora que ya pasaron los rencores con tus ex-compañeros, pensaste en volver a reunirte para tocar algo nuevo?”. Ahora creo que esa pregunta con mal aliento salió de aquellos espectadores cobardes que siempre llevaré adentro.
Me contestó que los cuatro habían cambiado demasiado desde aquel entonces, y que si bien ahora se comunicaban amistosamente, las palabras hostiles del pasado habían dejado aún «sus piedras en la vesícula» (gallbladder stones, en inglés).
Le pasé otra pitada, se quedó pensativo un rato, y con voz de ángel me dijo: «¿no te parece bueno también todo lo que compuse desde aquel entonces?» Admití que me parecía brillante, pero que la magia con John era de “una efervescencia sublime”, o algo así como el encuentro “entre el vinagre de manzana y el bicarbonato de sodio»; y que tenía la misma probabilidad de repetirse que un rayo del cielo cayendo dos veces sobre la misma antena. Tuve vergüenza al pronunciar esa pretensiosa metáfora, él preguntó quién de los dos representaba el vinagre, y nos reímos un poco. Sin embargo, enseguida entendí que mi soberbia opinión le había clavado una espina en el ojo. Sentí ganas de subsanarla echándole la culpa al humo del ambiente, pero en ese aire no quedaba espacio para ninguna excusa. Él apagó el cigarrillo, se echó atrás en la silla y me preguntó: «¿estás grabando?» Admití que sí, le pedí disculpas, y detuve la cinta. Se retiró de la sala, yo entendí que la conversación había terminado, y que debía marcharme. Sin embargo, regresó al momento con su emblemático bajo-violin, marca Höfner. Me enseñó el lado del instrumento que suele ir en contacto con su cuerpo cuando él lo lleva colgado. Para mí era como estar habitando el lado oscuro de la luna. Me acercó el bajo, me señaló un pequeño garabato impreciso rayado sobre la madera donde se leía en inglés: «Paul, siempre serás mi mejor amigo. Con amor, John». Me permitió pasarle el dedo para sentir su mínimo relieve. Me dijo que lo que más echaba de menos era componer música con él, y agregó: «esta semana tendré tiempo finalmente para llamarlo, retocar algunas canciones inéditas que hicimos hace poco, y plantearle un posible encuentro entre los cuatro. Será con instrumentos entre nosotros, para el resarcimiento con palabras ya habrá tiempo», me dijo textualmente. Sin saber porqué, “ya habrá tiempo” me quedó resonando de una manera especialmente sorda.
Aquella tarde con Paul cobraría un significado especial por el asesinato de Lennon justo al día siguiente, el lunes 8 de diciembre de 1980, en Nueva York. Por respeto a Paul, destruí la cinta que atestiguó parte de ese encuentro.