Acurrucado en lo alto de una repisa
lloro mis lágrimas de gato
cada vez que mi dueño se muestra incompetente
para conocer mi verdadero nombre.
Me resigno con mis lágrimas de gato
cada vez que mi dueño,
guiado por su impaciencia
intenta nombrarme con un sucedáneo
que ni siquiera alcanza
para llamar al aire que dejo
cuando me alejo,
y menos aún a mi quinta pata.
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