Pasábamos nosotros días de piloto automático,
o días enteros sin comer naranjas,
sin rendirle cuentas a la Gran Empresa.
En pos del bien común
amortiguábamos casi siempre
ciertas ganas de afeitarnos las cejas.
Con palabras queríamos pinchar
los terrones de nube,
y cada tanto moríamos de patadas.
Y yo, que recién llegaba
de las palabras
justamente me ponía a afirmar
que hablar no era tan necesario.
Recortábamos tarjetas de plástico en cuadraditos
y las apilábamos,
hasta que uno de los cuatro
se quedaba dormido
o se tiraba a la piscina.
Hacíamos buches con el alcanfor
para que se notara menos
el ruido del viento.
Cada tanto llegaba un beduino,
con los dientes blancos de luna
y los pies machacados por las estaciones.
Decía algo en árabe
y llegaba el invierno.
Se quedaba con nosotros
mientras no le entendíamos,
y a veces hasta se aflojaba las sandalias.
Al final, sólo fue cuestión de esperar
a que el árbol soltara
la fruta madura.