Alguien me mira fijo y me dice:
“tu color de ojos
no es el mismo de antes”.
“Es verdad, es que pasé mucho tiempo
con fulana de tal.
Y me sumergí en esa relación
con entrega y vulnerabilidad”.
Antes de conocerla,
mis preguntas sobre la vida
conformaban números primos
que yo intentaba obstinadamente dividir
en denominadores más pequeños.
Ella cree que la cascada trófica
no solamente vale para los peces,
sino también para los humanos.
Desconfía de cualquier cualidad
que ella pudiese tener en común
con el pez más gordo
sólo porque siempre
es el que gana.
Construye un enemigo
lo suficientemente cercano a ella misma
para tener una cara visible
a quién odiar.
Pero no tan cercano
para evitar que se confunda
con todo aquello que lleva dentro en sí
y que prefiere no mirar.
Discutíamos
con el ceño fruncido
y nos dábamos la espalda
sólo por culpa
de categorías mentales
demasiado divergentes.
Y mientras estábamos absorbidos por la discusión,
las sombras de nuestros cuerpos aprovechaban,
se acariciaban,
se entrelazaban
y copulaban.

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