En el patio de la planta baja
un profesor de yoga ensaya sus posturas;
el psicoanalista del cuarto piso
arroja palabras que salen de su ventana
y caen en el patio.
El profesor evita tropezarse con ellas
y doblarse un tobillo.
El patio es el único que recibe sol
de todo el edificio.
En el segundo piso, un joven
practica el riff de bajo eléctrico
de «Come Together» tantas veces
que el bajo deja ya de servir
para cualquier otra canción.
En una fiesta, el psicoanalista
sostiene su vaso como si fuese un escudo
para impedirse tener que bailar.
Evita levantar sus brazos,
sabe que la mancha de transpiración en la camisa
sería prueba del pequeño delito
que deja toda danza.
Aprovecha cuando el interlocutor desvía su mirada
para lanzar palabras intestinales
y esconder el túnel negro de su garganta.
En la calle, un niño patalea y grita
como si estuvieran clavándole una vacuna
hasta que su madre accede
a comprarle un helado
para que se calle de una vez.
El helado de crema calma al niño.
Mientras tanto, un ternero llora
reclamando la leche robada de su madre,
reclamando la presencia de su madre.
El ternero carece de las palabras de psicoanalista.
El psicoanalista ordena sus palabras
como a las puntas de un taladro:
cada una según los distintos materiales que ha de penetrar,
cada una según su respectivo calibre.
Las más peligrosas quedan dentro de una vitrina
cuyo vidrio sólo puede romperse
en caso de emergencia.
Entretanto, un hombre crónicamente congestionado
por el yogur que desayuna todas las mañanas
viaja en subte al trabajo,
con su cara contra el vidrio de la puerta
como una vaca al matadero
con su corbata como una soga al cuello,
llora moco de la piel hacia adentro
mientras sueña que hoy enuncia la frase: “basta ya“
dirigida al logo de la empresa,
al tono de voz acusatorio de su jefa.
El propóleo de las abejas
le quita la congestión transitoriamente
pero le agijonea la cabeza,
lo confronta con aquellos anhelos propios
que preferiría no ver.
Comienza a articular la palabra «Basta» con mayúsculas
para empezar a soñar que está en Tailandia con su mochila,
o en cualquier otro lugar lejos de todo.
La palabra «ya» que completa la frase
llega veintidós años más tarde
cuando una hernia lumbar ya le impide
cargar cualquier mochila,
o cuando su padre tiene
su primer infarto,
y entonces le traería culpa
alejarse tanto de aquél.
El hombre siente temor a desechar un frasco de vidrio
sólo por necesitarlo tal vez algún día,
coloca sus anhelos en él
en un hongo de kombucha
al abrigo de la luz
hasta que fermentan.
Se llenan de moco, huelen mal,
él evita mirarlo, y espera a que las excusas
se transformen en razones válidas
que justifican ahora
desechar el frasco entero
con todo su contenido.
El hombre congestionado de corbata
va al psicoanalista desde hace quince años.
La bailarina del primer piso
con la pierna enyesada
agarra un cuarzo cristalino con firmeza
para preguntarle por qué se ha fracturado,
qué ha sido lo distinto de aquel aterrizaje,
si se trata del mismo salto
de la obra que ensaya desde hace cinco años.
La joroba del psicoanalista se endurece
al arrojarle interpretaciones
al hombre que no puede dejar de lavarse las manos.
Le dice que su crimen
en realidad ha sido cometido por sus antepasados,
aunque sea él quien intente purgarlo fútilmente una y otra vez.
La interpretación le resulta al hombre muy interesante,
pero no le soluciona el problema.
Mientras tanto el profesor de yoga
en la planta baja
se dobla como un gato,
ahora se dobla como una cobra
y es capaz de exhalar
todo aquello que no necesita.
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