Desde mi sofá veo una factura de la luz
que han tirado por debajo de la puerta.
Noto entonces que queda apilada
por debajo de las expensas.
Desde el sofá veo mi planta de interior
agachándose en actitud suplicante
por un vaso de agua.
Creo que mi actitud reptante
es indigna de su belleza.
En un pasado no muy distante
mi vaso de agua
alcanzaba su maceta,
y mi moneda llegaba a caer
dentro del chanchito de cerámica.
Ahora veo que un par de hormigas en fila
han sorteado el obstáculo de los cordones desatados de mis zapatos
y se aventuran a recorrer mi tobillo.
Dicen que las hormigas se destacan
por su industriosidad y diligencia.
Quizá aquella que va al frente de la expedición
se caracterice por su valentía
respecto del resto.
Después de la lluvia que acontece fuera
habré de estar de pie
para limpiar las gotas disecadas
que queden en la ventana.
Al diploma universitario
deberé recibirlo de pie.
A la conmemoración del fallecimiento de mi padre
deberé recibirla de pie.
Al nacimiento de los hijos de mis sobrinos
deberé recibirlo de pie.
Al himno nacional que pasen durante el próximo mundial de fútbol
deberé recibirlo de pie.
Las papas fritas tragadas en piloto automático
me aplastan, en cambio contra el sillón.
El sillón fue adquirido por mis padres o mis abuelos,
y las rayaduras en su madera
quizá sean evidencia de varias mudanzas.
Mi barriga se confunde ahora
con uno de sus almohadones de terciopelo verde oliva.
En la tele observo que en la publicidad de Mr. Músculo
el superhéroe aparece sin haber sido convocado,
a diferencia de Aladino desde su lámpara.
Sobre el estante de la pared
veo una novela de Dostoievsky de tapa dura,
sé que haría un mínimo ruido de bisagra al abrirse
porque aún no ha sido abierta.
Escucho ahora la música que sale de mi celular
mientras alguien llama,
y creo que su belleza es comparable
a todos los villancicos europeos
sonando en una casa de madera
mientras afuera está nevando.
Ahora recuerdo que la batería del celular
se agota más rápidamente cada vez que alguien llama.
Mi hermano es quien tiene
una copia de las llaves de mi departamento.
Todo hermano mayor ha soñado alguna vez
con borrar de un plumazo a su hermano menor
y recuperar el trono del reino perdido.
En este departamento lo único que ha quedado de mí
es mi presencia.
Mi hermano entra escoltado por uno de sus hijos.
Pisa la factura de la luz sobre el piso.
Ninguno de los dos parece haber sido
mojado por la lluvia.
Mi sobrino corre directo
a adueñarse del almohadón verde
y lo aplasta como si fuera su nueva pelota.
Mi hermano en cambio, se toma un momento para mirar en derredor
y se dirige al sillón para llevárselo a su casa.
Él tiene fuerza suficiente para levantarlo solo.
Primero despeja con la mano algún resto de papas fritas
que había quedado sobre el asiento.
El brillo de los ojos de mi sobrino me confirma ahora de nuevo
que siempre ha sido mi favorito.
Cuando me tocaba cuidar de él en ausencia de mi hermano,
había quienes pensaban que su padre era yo.