Trabajaremos ambos de paleontólogos en Australia
en un lugar dónde jamás
se han encontrado dinosaurios.
Viviremos excavando
y hallaremos algún resto de huesos
solamente una vez cada tres años.
Nuestros hallazgos serán
insignificantes para la ciencia,
pero vitales para nosotros.
Amaremos tanto nuestro trabajo
que tomaremos vacaciones
una vez cada cuarenta años,
solamente para cambiarnos la camisa hedionda
de la ardua faena.
Excavaremos hasta que alguien descubra
que paleontología no es algo
que alguna vez
hayamos estudiado.
Volveremos entonces
a la casa de tus padres en Alemania,
y tendremos cuarenta hijos
que trabajarán todos
en nuestra fábrica de zapatos.
La fábrica llevará como nombre Káiser,
el apellido de tu padre
para mantener intacto el legado,
y realizaremos -en cuero negro argentino-
un sólo modelo
y miles de zapatos.
Los niños deberán vestirse
con camisa blanca, corbata negra,
y peinado a la gomina,
incluso los fines de semana
y aunque no trabajen los feriados.
Intentarán asesinarme
en repetidas ocasiones
mezclando entre mi desayuno
un trago muy amargo.
Disfrutaremos del pan
que amasaremos en casa
todos juntos a diario;
la fábrica será
un pequeño paso para la humanidad,
y un paso aún más minúsculo
para la industria del calzado.
La fábrica no cerrará con mi muerte,
sino cuando dejen de venderse
nuestros incómodos zapatos.
Amarte a vos
nunca será algo demasiado complicado,
solamente corregiré
tu español por escrito
cuando violes reglas gramaticales
que estén por debajo
del nivel que habías alcanzado.
Yo seré en cambio,
incapaz de aprender tu alemán,
pero aprenderé a tocar el charango
mientras intentes conciliar el sueño,
y me arrojes uno
de tus quinientos zapatos,
cada vez que te levantes
con las ojeras por el piso.
Seremos la familia
más feliz del mundo
cuando yo me haga algo de tiempo
para descender a las entrañas de la Tierra
y conseguirte allí
la nube de vapor que anhelas
como única condición
para estar conmigo
alguna vez
y para siempre.