El ruido de unas botas marchando
sobre un suelo duro
me despierta.
Siempre a la misma hora de la madrugada
el ejército de monjes calvos
de túnica marrón y botas de cuero
pasa por aquí
a capturarme de la cabeza
como esas pinzas metálicas
que no tienen fuerza suficiente
para aferrar al peluche más pesado
y lo sueltan a mitad de camino,
en cualquier lado.
Aparezco entonces en un paisaje árido
de meseta rojiza
ajeno al mío,
mientras sé que los monjes a esta hora
ya han llegado a la montaña
para acompañar a aquellos
que han dormido allí
y se han sentado a meditar.
Las alternativas que veo desde aquí son dos:
meterme por la puerta de la meditación
y quedarme quieto hasta confundirme con los monjes,
o ir a mi cocina,
tomar un vaso de agua con sulfato de magnesio,
volver a la cama, cerrar los ojos,
y expulsar de mi vientre todo aquello
que estoy obligado a escribir
para seguir postergando
la existencia del día.
El poema es aquel tributo
que debo pagarle al insomnio.