El agujero de mi mente
es un túnel cuadrado
que tiene una tela azul
cosida a su entrada.
Por sus hendijas se le escapan
las agujas de viento.
La masilla que tengo
sólo alcanza
para suavizar sus aristas internas.

El agujero de mi mente
es el lugar que ella señala
como tocando el botón rojo del ascensor
descubriendo certeramente la llaga
que sangra.

En el agujero de mi mente
pregunto “dónde estás”
y escucho el eco frío
de la oscuridad entera.

El agujero de mi mente
es descubierto por ella
en el momento en que empiezo
a ofrecerle mis caramelos:
“Tengo uno de fresa,
pero si no te gusta,
podría conseguirte
otro de damasco”.
“Quiero uno de pera”, responde ella
Yo recorro quinientas leguas
y excavo quinientos metros bajo tierra
para lograr encontrarlo.
“Gracias, pero ahora prefiero uno de cereza”,
dice ella mientras se aleja.
Mi cara se parece a un perro cocker
con un cartel que reza:
“por favor, adoptame”.

En el agujero de mi mente
ella tiene frío
se abraza a sí misma,
se siente desnuda.

En el agujero de mi mente
ella trata de conciliar el sueño
en posición fetal,
intenta de un lado
intenta del otro lado.
No se siente amparada
por mi mirada,
no se siente acunada
entre sus paredes,
no puede dormir,
y se va.

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