Dos argentinos interrumpen su conversación
predecible y estereotípica sobre fútbol
y descuidan un segundo el fuego de su asado
para preguntarme de dónde soy.
Respondo que soy del campo,
e instantáneamente me re-preguntan si fornico a mis ovejas.
Lo cierto es que jamás salí de la ciudad,
hasta recién me preguntaba si acaso existe alguna pantera
que no sea rosa,
si existe algún murciélago
que no sea chupasangre.
El día en que descubrí la magia que les sucede a las bananas
cuando son congeladas y luego procesadas,
es el día en que decido irme de vacaciones por primera vez.
Sentado en esta roca cordobesa sostengo a gritos
que no necesito protector solar,
porque mi idiosincrasia me protege
dondequiera que vaya.
Mediante un guiño compartido concordamos con mi compañere
en que la marihuana nos insufla un masaje de payaso.
Desperdicio un montón de fósforos porque nunca aprendí
a cubrir al fuego del viento.
Me mantengo en movimiento para evitar ser un blanco fácil
de las hormigas de turno que circulan por aquí.
Le digo que sí a todo, tal como esos perritos de plástico
adheridos al tablero de los taxis que asienten con la cabeza
ante cualquier movimiento.
Mi gesto corporal se propaga y se contagia
a todos los interlocutores potenciales
que miran a los adolescentes arrojándose en clavado al río
desde una roca alta.
Cuando vomite esta dudosa agua que me diste de beber,
saldrá con mojarritas dispuestas
a nadar por todos los mares del mundo.
Veo el agua estancada de este pantano,
y comprendo su absoluta carencia de Lysoform.
Te pido que en tu parlante portátil
no pongas salsa ni samba, ni rumba, ni zumba,
la música alegre sólo me recuerda
que soy incapaz de participar de ella.
Si sorprendo a alguien mirándote el culo
mientras te pones el traje de baño entre los arbustos,
lo distraeré con un montón de palabras acerca de cómo
llegar a Roma.
¿Te picó una avispa en el culo? Bienvenido sea el dolor,
a partir de ahora tu vida cambiará para mejor,
según sostiene la cultura tolteca.
Veo a un perro alzado montando la pierna de su dueño
y protesto por cómo los confundimos los humanos
al trastocar sus necesidades elementales.
Miro al cielo y pienso que lo único que les impide
a los extraterrestres acercarse a nosotros de una vez por todas
es su irrenunciable timidez.
Me cruzo con un hombre nativo cuya barba crece a un ritmo descomunal,
que lo obliga a cortársela cada diez minutos,
lo imagino condenado a no abandonar nunca su tijera,
y siento envidia porque él tiene una excusa válida
para no dedicarse a cambiar el mundo.
Veo un cactus re agresivo con sus cuchillas a flor de piel
listo para lastimarme;
y ahora me encuentro frente a un tigre real muy fotogénico,
y modelo de National Geografic mirándome fijo
y mostrándome los dientes,
aunque yo hubiese jurado que no había tigres en esta región,
aprovecho entonces para sacarle una foto.
Mis intentos de cartografiar el mundo entero utilizando metáforas
serán suficientes siempre y cuando los agujeros que presente el mapa
no coincidan con los lugares que deberé transitar
serán suficientes siempre y cuando los agujeros que presente el mapa
no coincidan con los lugares que deberé transitar
para volver a mi casa.