Quisiera tener un hijo
que dure para siempre.
Un hijo que no sienta frío
al recostarse sobre el mármol.
Un hijo cuyas articulaciones estén lubricadas
para cortar el pasto de toda la llanura pampeana
y llevárselo a aquellos caballos moribundos
del hipódromo.
Un hijo sin lunares
con pelos sobresalientes en la piel.
Un hijo que abarque la playa entera
cuando haga coincidir sus brazos con el horizonte.
Un hijo al que no le agarre hipo
un día antes
de diplomarse como ciudadano ilustre,
de recibir
las llaves de toda ciudad amurallada.
Un hijo que no se tropiece al pronunciar
las mismas palabras
con las que me tropiezo yo.
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