Qué le hace una raya más
a las huellas digitales
en una noche como ésta,
en la que todo lo que ocurre
es verdad.
Quemado sobre quemado,
sólo nos resta
acelerar más
ante la Gran Pared,
y acabar con todo
para encontrarnos
con las propias cenizas
prematuramente.
En un momento como éste,
la felicidad se nos presenta
bajo tres formatos posibles:
1. Demasiado cerca
como para lograr
ponerla en foco,
tal como la mano
sobre la frente
cuando tenemos fiebre.
2. Inevitable
como las aristas
de estos espejos que nos rodean.
3. Ahora o nunca.

.............................................................................................

Diciembre de 1980


Paul, mientras me pasaba de vuelta el humo encendido, me dijo que hacía mucho tiempo que no fumaba. Me sentí halagado y le respondí orgulloso: “son flores jamaiquinas”. Luego, me paré del sillón como un resorte y puse la púa en la canción «A day in the life». Moderé semejante disrupción dirigiéndole una pregunta torpe acerca de su proceso de composición. Paul, desinteresado, empezó a ensayar una respuesta vaga, pero en seguida se dejó llevar por la canción como escuchándola por vez primera, igual que un niño que descubre la nieve cayendo y le abre su boca al cielo hasta recibir un copo para saborearla. Zozobraba la canción y afuera se largó a llover. Los dos miramos hacia la ventana. Recordé que era domingo. Aproveché esa intromisión de la lluvia para calzarle la pregunta: “¿ahora que ya pasaron los rencores con tus ex-compañeros, pensaste en volver a reunirte para tocar algo nuevo?”. Ahora creo que esa pregunta con mal aliento salió de aquellos espectadores cobardes que siempre llevaré adentro.
Me contestó que los cuatro habían cambiado demasiado desde aquel entonces, y que si bien ahora se comunicaban amistosamente, las palabras hostiles del pasado habían dejado aún «sus piedras en la vesícula» (gallbladder stones, en inglés).
Le pasé otra pitada, se quedó pensativo un rato, y con voz de ángel me dijo: «¿no te parece bueno también todo lo que compuse desde aquel entonces?» Admití que me parecía brillante, pero que la magia con John era de “una efervescencia sublime”, o algo así como el encuentro “entre el vinagre de manzana y el bicarbonato de sodio»; y que tenía la misma probabilidad de repetirse que un rayo del cielo cayendo dos veces sobre la misma antena. Tuve vergüenza al pronunciar esa pretensiosa metáfora, él preguntó quién de los dos representaba el vinagre, y nos reímos un poco. Sin embargo, enseguida entendí que mi soberbia opinión le había clavado una espina en el ojo. Sentí ganas de subsanarla echándole la culpa al humo del ambiente, pero en ese aire no quedaba espacio para ninguna excusa. Él apagó el cigarrillo, se echó atrás en la silla y me preguntó: «¿estás grabando?» Admití que sí, le pedí disculpas, y detuve la cinta. Se retiró de la sala, yo entendí que la conversación había terminado, y que debía marcharme. Sin embargo, regresó al momento con su emblemático bajo-violin, marca Höfner. Me enseñó el lado del instrumento que suele ir en contacto con su cuerpo cuando él lo lleva colgado. Para mí era como estar habitando el lado oscuro de la luna. Me acercó el bajo, me señaló un pequeño garabato impreciso rayado sobre la madera donde se leía en inglés: «Paul, siempre serás mi mejor amigo. Con amor, John». Me permitió pasarle el dedo para sentir su mínimo relieve. Me dijo que lo que más echaba de menos era componer música con él, y agregó: «esta semana tendré tiempo finalmente para llamarlo, retocar algunas canciones inéditas que hicimos hace poco, y plantearle un posible encuentro entre los cuatro. Será con instrumentos entre nosotros, para el resarcimiento con palabras ya habrá tiempo», me dijo textualmente. Sin saber porqué, “ya habrá tiempo” me quedó resonando de una manera especialmente sorda.
Aquella tarde con Paul cobraría un significado especial por el asesinato de Lennon justo al día siguiente, el lunes 8 de diciembre de 1980, en Nueva York. Por respeto a Paul, destruí la cinta que atestiguó parte de ese encuentro.



La costumbre
de fruncir el ceño
para pelearse
con todo lo que es
tal como es,
o para esforzarse
demasiado
por entenderlo,
terminaría
bloqueando
la luz
que emanaba
de su tercer ojo.

.....................................
Alguien me mira fijo y me dice:
“tu color de ojos
no es el mismo de antes”.
“Es verdad, es que pasé mucho tiempo
con fulana de tal.
Y me sumergí en esa relación
con entrega y vulnerabilidad”.
Antes de conocerla,
mis preguntas sobre la vida
conformaban números primos
que yo intentaba obstinadamente dividir
en denominadores más pequeños.
Ella cree que la cascada trófica
no solamente vale para los peces,
sino también para los humanos.
Desconfía de cualquier cualidad
que ella pudiese tener en común
con el pez más gordo
sólo porque siempre
es el que gana.
Construye un enemigo
lo suficientemente cercano a ella misma
para tener una cara visible
a quién odiar.
Pero no tan cercano
para evitar que se confunda
con todo aquello que lleva dentro en sí
y que prefiere no mirar.
Discutíamos
con el ceño fruncido
y nos dábamos la espalda
sólo por culpa
de categorías mentales
demasiado divergentes.
Y mientras estábamos absorbidos por la discusión,
las sombras de nuestros cuerpos aprovechaban,
se acariciaban,
se entrelazaban
y copulaban.

.............................................


I


Mientras me sacaba una foto
con mi nuevo bajo eléctrico
color amarillo canario
colgado al hombro,
mi padre salía en ella
mirando la cáscara de pintura blanca
que se despega de mi cielorraso.


Cada vez que mi padre baja su mirada
desaprobatoriamente,
alguien cualquiera me mira
y la piel de mi pecho
es perforada a mansalva
con cien lunares.
Me quedo lustrando aquellos escalones
de zapatos que ascienden,
de quienes no tienen
la mirada agujereada.


Aquello que tengo para decir
queda entonces como una arborescencia insolente,
que se quiebra ante cualquier soplido
de torta de cumpleaños.


Mis flechas pretendidamente filosas
terminan impactando
con punta de sopapa
sobre una cortina de humo.


Aquello que tenía para decir
se convierte en un cartel metalizado
de “feliz Navidad”
que queda sin ser colgado durante la fiesta
porque todos los parientes
se entretuvieron mucho
envolviendo regalos
y cocinando el pavo.


II


Años después, aún reacciono frente a eso:
frecuentemente pierdo conexión con mi satélite
que es un ojo gigante
de mirada compasiva.
Debo ir a rescatarlo del cielo
como a un globo metalizado de helio,
o debo reanimarlo de un cesto
como a un paraguas negro con forma de murciélago
abandonado después de una tormenta.
Me quedo como un pabilo encendido
quemándose sin ninguna cera.


Permanezco igual que un mascarón de proa
solitario y tieso
frente a la tempestad,
declamando mis verdades
a los cuatro vientos
a los molinos de viento,
mientras mi gata se aleja de mis piernas
con la cola a media asta.
Compruebo mil veces que el viento sólo
no cura las heridas.
Mi manotazo de ahogado
es invitar a mi sombra a caminar conmigo,
para evitar al menos que se confunda
con lo que resta de la noche.

................................................
Esa mañana de domingo,
el llanto que había en mí
sería acompañado con el llanto del cielo.
El cielo y yo tocando la misma música
era un lugar de almohadones
en donde reposar con los párpados cerrados.
Una mosca se posó en mi hombro,
y yo recordé que existe un avión japonés
capaz de bombardear una llanura fértil
con quinientas semillas por segundo.
Elegí cobrar fuerza para interrumpir
mis habituales lamentos sólo por unos instantes
para salir a plantar un pequeño árbol
germinado a partir de una fruta
que había comido en el verano.
Hice un agujero con una pala,
quité al retoño de su maceta
y lo entregué a la tierra.
Un aguacero lo bendijo con su primer riego.
Se despejó el cielo,
volví a mi refugio
me lavé las manos, me sequé la cabeza con una toalla
pensé en anotar algo con tinta china en el cuaderno de Mis Lamentos
que llevo siempre conmigo
pero éste también se había mojado,
ahora todo era ilegible.
Consideré remendarlo,
y no obstante logré soltarlo en el cesto,
mientras un túnel cobarde de mi mente,
el mismo que acumula quinientos poemas sin terminar,
me decía que siempre que lo deseara podría escribir uno nuevo.
Una hendija de sol
se clavó en el piso de mi casa,
necesité entonces mirar hacia afuera
como una manera de pellizcarme
para corroborar la realidad:
afortunadamente el árbol
se encontraba
todavía ahí plantado.

..................................................

Al principio sólo pude ofrecerte
mi sombrero de ala ancha,
o mi angosta cornisa
para que ensayaras tu danza prodigiosa.
Era una cornisa de cemento gris
que dejaba hollín en las plantas de tus pies.
Nuestro forcejeo allí
tomaba la pauta cordial
de mirar juntos
el filo del precipicio
cada vez que el equilibrio
peligraba.
No tuve la necesidad
de empujarte al vacío,
no hubo viento,
convivimos con el precipicio.
Te dejé abierta mi ventana
para que entraras
cuando quisieras
a tomar un té o una sopa.
Cada tanto volvías a salir
a ensayar tus mágicas piruetas
mientras yo te miraba
desde adentro en la ventana.
Tus alas crecieron un poco,
o primero se expandió mi cornisa
hasta ser una terraza,
no sé cuál de las dos
ocurrió primero.
Fue cuando entendiste
que la cornisa resultaba
tu trampolín de lanzamiento
o tu plataforma de aterrizaje.
Y la terraza se convirtió en un jardín.
Mis flores estiraban sus cuellos
para verte danzar,
mis flores querían ser tocadas
por la hilacha perdida
de tu vestido blanco,
o por el viento
que dejabas al pasar.
Mis flores sólo quisieron
arrancarse de la tierra
para bailar con vos.

.......................................................................................
El agujero de mi mente
es un túnel cuadrado
que tiene una tela azul
cosida a su entrada.
Por sus hendijas se le escapan
las agujas de viento.
La masilla que tengo
sólo alcanza
para suavizar sus aristas internas.

El agujero de mi mente
es el lugar que ella señala
como tocando el botón rojo del ascensor
descubriendo certeramente la llaga
que sangra.

En el agujero de mi mente
pregunto “dónde estás”
y escucho el eco frío
de la oscuridad entera.

El agujero de mi mente
es descubierto por ella
en el momento en que empiezo
a ofrecerle mis caramelos:
“Tengo uno de fresa,
pero si no te gusta,
podría conseguirte
otro de damasco”.
“Quiero uno de pera”, responde ella
Yo recorro quinientas leguas
y excavo quinientos metros bajo tierra
para lograr encontrarlo.
“Gracias, pero ahora prefiero uno de cereza”,
dice ella mientras se aleja.
Mi cara se parece a un perro cocker
con un cartel que reza:
“por favor, adoptame”.

En el agujero de mi mente
ella tiene frío
se abraza a sí misma,
se siente desnuda.

En el agujero de mi mente
ella trata de conciliar el sueño
en posición fetal,
intenta de un lado
intenta del otro lado.
No se siente amparada
por mi mirada,
no se siente acunada
entre sus paredes,
no puede dormir,
y se va.

........................................................................