I
Mientras me sacaba una foto
con mi nuevo bajo eléctrico
color amarillo canario
colgado al hombro,
mi padre salía en ella
mirando la cáscara de pintura blanca
que se despega de mi cielorraso.
Cada vez que mi padre baja su mirada
desaprobatoriamente,
alguien cualquiera me mira
y la piel de mi pecho
es perforada a mansalva
con cien lunares.
Me quedo lustrando aquellos escalones
de zapatos que ascienden,
de quienes no tienen
la mirada agujereada.
Aquello que tengo para decir
queda entonces como una arborescencia insolente,
que se quiebra ante cualquier soplido
de torta de cumpleaños.
Mis flechas pretendidamente filosas
terminan impactando
con punta de sopapa
sobre una cortina de humo.
Aquello que tenía para decir
se convierte en un cartel metalizado
de “feliz Navidad”
que queda sin ser colgado durante la fiesta
porque todos los parientes
se entretuvieron mucho
envolviendo regalos
y cocinando el pavo.
II
Años después, aún reacciono frente a eso:
frecuentemente pierdo conexión con mi satélite
que es un ojo gigante
de mirada compasiva.
Debo ir a rescatarlo del cielo
como a un globo metalizado de helio,
o debo reanimarlo de un cesto
como a un paraguas negro con forma de murciélago
abandonado después de una tormenta.
Me quedo como un pabilo encendido
quemándose sin ninguna cera.
Permanezco igual que un mascarón de proa
solitario y tieso
frente a la tempestad,
declamando mis verdades
a los cuatro vientos
a los molinos de viento,
mientras mi gata se aleja de mis piernas
con la cola a media asta.
Compruebo mil veces que el viento sólo
no cura las heridas.
Mi manotazo de ahogado
es invitar a mi sombra a caminar conmigo,
para evitar al menos que se confunda
con lo que resta de la noche.
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